El Manifiesto Sonríaporfavor
Por qué hacemos lo que hacemos
Necesito sincerarme contigo para que entiendas qué pinto yo aquí.
Tengo 48 años y llevo desde los 7 mirando a través de un visor.
He pasado casi una vida entera fotografiando y también he pasado muchos años renegando de la fotografía social.
Y no renegaba por soberbia, ni por sentirme “por encima”. Renegaba porque, una y otra vez, me encontraba con clientes que compraban fotos al peso.
Clientes que no entendían que detrás de una cámara hay una persona con oficio, con dedicación, con sensibilidad y con experiencia.
Alguien que se deja la piel. Alguien que pone su mirada, su criterio estético, su estilo y su arte al servicio de una historia que merece ser contada.
Renegaba porque me agotaba el tira y afloja.
Las negociaciones absurdas sobre si el álbum tendría 27 páginas o 26, las conversaciones sobre cuánto cuesta “una página más”, las preguntas sobre qué pasa con los disparos que hice y que no entrego, o por qué no doy “todas las fotos”, como si mi trabajo fuese un mercadillo de clics.
Perdonadme, pero mi trabajo no es contar páginas. Ni contar fotos. Ni justificar el precio por volumen.
Mi trabajo es estar ahí, delante de tu momento, con los ojos abiertos y el corazón inquieto.
Disparar a lo que cuenta tu historia.
Componer con intención.
Poner todo mi saber —cuarenta años de oficio— al servicio de lo que está ocurriendo delante de mi cámara.
Lo demás es contabilidad. Y la contabilidad no hace recuerdos.
Si un reportaje es más amplio o más corto, que sea lo último que te preocupe.
Cuando uno se sienta a comer una paella, no cuenta los granos de arroz. Ni pide “la verdura que no entró en el sofrito”.
Uno acude para disfrutar del plato, no a auditarlo.
Yo hago lo mismo.
Mi trabajo consiste en entregarte el mejor recuerdo posible.
El de tu boda, el de la comunión de tu hijo, el de tu familia, el de ti con tu mascota, con tu pareja, con tu padre o con tus amigas, o simplemente el tuyo, porque te apetece, porque te lo mereces, porque estás en un momento vital que quieres conservar para siempre.
Estoy aquí porque disfruto lo que hago.
Porque siento que tengo mucho que aportar.
Y quizá, mirándolo con perspectiva, esta visión más nítida que tengo ahora no habría sido posible sin esos años lejos de la fotografía social.
Unos años en los que, sinceramente, dudé de si todo aquello merecía la pena.
Unos años en los que pensé que quizá era mejor apartarme que seguir peleando con expectativas que no compartía y conversaciones que me desgastaban más de lo que aportaban.
Necesité ese desierto. Necesité distancia. Necesité silencio.
Porque a veces uno solo entiende su oficio cuando deja de ejercerlo.
Y cuando lo recupera —si lo recupera— ya no lo ve igual: lo ve maduro, limpio, honesto.
Sin miedo a decepcionar a quien no es “su gente”, y sin miedo a entregarse del todo a quien sí lo es.
Es desde esa distancia que ahora puedo volver.
No por obligación. No por necesidad. Sino por elección.
Con una mirada más clara, más tranquila y más exigente.
Con la certeza de que, si vuelvo a la fotografía social, es porque tengo algo que aportar.
Durante demasiado tiempo, por culpa de unos pocos que no entendían lo que es la fotografía, he privado a otros de tener un recuerdo bonito, íntimo, cercano y muy suyo.
Y ya no quiero seguir haciéndolo.
Estoy aquí para ofrecer mi manera de mirar a quien la valore, a quien la comprenda, a quien la necesite.
Porque, al final, lo que vendo no es un reportaje.
Ni un álbum. Ni un número de fotos.
Lo que vendo es una mirada. Mi mirada.
Mi forma de componer. Mi manera de interpretar lo que sucede delante de mi cámara. Mi capacidad —ganada a pulso durante décadas— para decidir cuándo debo intervenir y cuándo debo desaparecer.
Y déjame añadir algo más, quizá lo más honesto de todo: durante años me sentí ninguneado. Sentía que mi oficio, mi sensibilidad y mi experiencia se reducían al absurdo cuando alguien convertía un recuerdo en un listado de “entregables”.
Pero con el tiempo he entendido que la culpa no es de la gente. La gente pregunta lo que ha visto. Lo que otros han vendido. Lo que otros han normalizado.
Y muy probablemente, la culpa no sea de quienes lo piden, sino de quienes lo ofrecen.
De quienes justifican su tarifa por el peso de lo que entregan y no por el valor de lo que aportan.
Si alguien vende la fotografía como si fueran filetes al corte, ¿cómo va a entender el cliente que lo que importa no es la cantidad, sino la mirada que sostiene cada imagen?
Por eso este manifiesto no es un reproche.
Es una declaración de amor propio.
Mi manera de decir: no voy a competir en kilos; voy a trabajar en recuerdos.
Quien entienda esto, lo entenderá todo. Quien no… no pasa nada.
De verdad.
Simplemente no soy su fotógrafo. Y está bien.
Lo que yo ofrezco es otra cosa: mi tiempo, mi oficio, mi experiencia, mi sensibilidad, mi forma de mirar.
Y eso —eso— no se pesa. Se siente.
Porque ese es mi valor.
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