Cuento para el día de mi boda

Aprovechando que hoy es el primer aniversario de mi boda, aquí os dejo un cuento que escribí para ese día tan especial. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

En lo alto de un olivo de la Sierra Sur de Jaén se resguardaba del frío invierno una pajarita de plumas rubias, sonrisa tímida y ojos reveladores. Respondía al nombre de Piopía-Pipía, que en lengua avícola quiere ser algo así como María. Dedicaba su tiempo a enseñar a los pequeños pajarillos de la comarca a desenvolverse en el mundo: entonar sus primeros cantos, buscar gusanitos con los que alimentarse y dar sus primeros pasitos por las ramas de los árboles.

En un almendro muy alejado de tierras jiennenses, más o menos por allá, por la Sierra de Tramuntana, en Mallorca,  dibujaba con sus pinceles unos trazos firmes un pajarillo de plumas marrón-chocolate, cabecita redonda y algo despoblada, risa fresca y ojos inocentes. Traduciendo Pipiapú-Piopá al mallorquín, nos queda algo así como Jordi. Le fascinaba la pintura y pasaba las horas retratando a otros pájaros del entorno.

Un buen día, en la fiesta de celebración del año nuevo pajaril, Piopía-Pipía y Pipiapú-Piopá coincidieron en el mismo comedero. Compartieron toda clase de gusanos, hormigas y algún que otro insecto volador. La vitalidad de Pipiapú-Piopá (Jordi) consiguió arrancar de Piopía-Pipía (María) lágrimas de alegría; por su parte, la dulzura y bondad de Piopía-Pipía hizo que Pipiapú-Piopá se sintiera tremendamente embelesado.

Sin duda alguna, algo mágico estaba surgiendo de ese fortuito y maravilloso encuentro. ¿Qué duda cabe de que alguien con un corazón enorme había provocado esa casualidad? Pero ese alguien únicamente había facilitado el primer acercamiento. Era a partir de entonces cuando Piopía-Pipía y Pipiapú-Piopá deberían aclarar si se trataba de un aleteo navideño o si tenía sentido pensar en un futro compañero de vuelo.

A pesar de que muchos eran los vientos que soplaban en contra, Piopía-Pipía y Pipiapú-Piopá conseguían mantener el contacto y provocar puntuales reencuentros. Pipiapú-Piopá conocíó a la pajarita que le había devuelto la vida a Piopía-Pipía, una pajarita de plumaje castaño, patitas regordetas y cola respingona, con ojos despiertos y piquito de trapo. Pitina-Pilín era su nombre, que traducido al español suena: Lucía. Con toda una vida por delante, enseguida conquistó el corazoncito de Pipiapú-Piopá.

La magia que había surgido en ese primer encuentro seguía creciendo; ambos pájaros volaban cada día más acompasados y la pequeña Pitina-Pilín daba muestras de su aprobación al atrevimiento pajaril de su mamá.

Tanto viaje del almendro al olivo y algunos menos del olivo al almendro resultaba ya muy cansino, y costoso. Pero, cuando el ánimo comenzaba a decaer, y para dicha de los tortolitos (nunca mejor dicho), llegó la época de las migraciones, hecho que Pipiapú-Piopá aprovechó sin titubear. Así que, batiendo las alas con más vigor que un halcón, dejó su almendro de hoja blanca y fruto duro por fuera pero blando por dentro, para instalarse muy gustosamente, en ese olivo de hoja verde y fruto blando por fuera pero duro en su interior.

Aunque el olivo fuese desconocido para él, había encontrado un nido acogedor, el que sería su nido desde aquel preciso instante. Y compartirlo con Pitina-Pilín y Piopía-Pipía se antojaba fascinante.

Desconozco el final de la historia, pero estoy totalmente convencido de que vivirán felices y comerán lombrices.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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